¿Cómo es una vida con pánico?

Cómo se siente un ataque de pánico desde dentro, por qué tantos acabamos en urgencias convencidos de un infarto, y en qué se diferencia todo esto de una fobia. Una mano tendida desde el otro lado.

· 7 min lectura

¿Cómo es una vida con pánico?

Hay tantas respuestas a esta pregunta como personas hemos pasado por ello. Cada uno lo vive y lo cuenta a su manera. Pero existe un hilo común, un fondo compartido, que probablemente haga que quien esté en esa situación se vea reflejado en lo que viene.

Lo primero que conviene decir es que, cuando el pánico empieza a atacar, los que lo sufrimos casi nunca sabemos qué es. No tenemos nombre para ello. Solo sabemos que duele de una forma que no se parece a nada anterior. Que algo se ha roto, pero no atinamos a saber qué. Esto hace que el sufrimiento se expanda sin que sepamos cómo atajarlo.

El día que mi vida se rompió

En mi caso tengo la primera vez que llegó el pánico tatuada en mi cerebro. Yo estaba subiendo en bicicleta por el Odenwald, los bosques que rodean Heidelberg. Era una salida como las que llevaba haciendo años. Las que más disfrutaba. Y de repente, sin aviso, todo cambió.

Empezó con una pregunta inocente: ¿por qué me cuesta tanto pedalear hoy? Una pregunta que cualquier ciclista se hace cien veces al año. Pero esta vez no se fue. Se enquistó. Y trajo amigas. ¿Por qué las piernas pesan así? ¿Por qué respiro tan rápido si voy en llano? ¿Y ese mareo? Y entonces llegó la pregunta que se convertiría en mi sombra durante años:

¿Será el corazón?

Ese pequeño quiste comenzaba a metastasearse. Lo que ocurrió en los siguientes minutos no tiene un nombre amable. Las manos empezaron a temblar tanto que no podía abrir una barrita. Abrir el bidón para beber se convirtió en una tarea imposible. La respiración se transformó en hiperventilación. Aparecieron hormigueos en el brazo izquierdo, descargas eléctricas en la cabeza, ganas de vomitar, las piernas convertidas en gelatina, la certeza de un colapso inminente. Y por encima de todo, ese pegamento que une todos los síntomas del pánico: la sensación de muerte inminente. No el miedo a morir. La certeza de que vas a morir. Ahora. En este camino. Lejos de casa.

Acabé en urgencias. Mi mujer llamando a una amiga para que viniera a buscarme. Yo en una camilla, convencido de que cada segundo era el último. Hasta que me pusieron los electrodos, salió un electrocardiograma perfecto, y todos los síntomas se evaporaron al instante. Como si nunca hubieran existido. Quedaron solo el cansancio y el desconcierto.

No fui un caso raro. Los servicios de urgencias de medio mundo reciben a diario gente como yo, convencida de estar sufriendo un infarto cuando lo que está sufriendo es un ataque de pánico. El propio jefe de urgencias del Cedars-Sinai lo explica sin rodeos: existe un solapamiento enorme entre ambos cuadros, y diferenciarlos sin un electrocardiograma es prácticamente imposible. Lo cuenta también la American Heart Association. Por eso, ante la duda, siempre se pide acudir.

Aquel sería el primero de muchos electros normales... Y el último día de mi vida anterior.


El sitio

Esa noche volví a casa pensando que ya estaba. Que mañana retomaría todo y que lo que pasó se quedaría como una simple anécdota. Desafortunadamente, ni la vida ni mi mente opinaban lo mismo.

Durante mes y medio pude sostener una apariencia de normalidad. Pero coger la bicicleta para entrenar era un suplicio. Cada pedalada llevaba dentro una vigilancia. ¿Cómo va el pulso? ¿Respiras bien? ¿Eso de ahí qué ha sido? Lo que antes era mi mayor placer se convirtió en interrogatorio permanente. Y, como hace cualquier ser humano cuerdo, fui cogiéndola menos para evitar situaciones incómodas. Cambié la bici por caminar.

Y entonces, no solo la bici, sino incluso caminar empezó a traer esa vigilancia. Esas dudas. Entonces caminé menos. Y menos. Y un día me di cuenta de que estaba metido en casa. La perspectiva de salir me aterraba. ¿Y si me vuelve a pasar? ¿Y si esta vez es de verdad? ¿Y si esta vez no llego al hospital?

¿Y si?

El nombre técnico de ese comportamiento es conducta de evitación. Y es el mecanismo por el que el trastorno de pánico puede acabar transformándose en agorafobia, tal y como recoge el manual de referencia psiquiátrica (DSM-5). No es debilidad. Es la respuesta lógica de un cerebro que ha aprendido (de forma equivocada, pero aprendido) que ciertos sitios o actividades son una amenaza para tu vida.

Lo peor es que el miedo no se conformó con quitarme la bicicleta y los bosques. El miedo no respeta santuarios. Un día, estando en casa, ese refugio que yo había construido a base de renuncias, llegó la taquicardia. El pecho apretado. La respiración corta. La cabeza dando vueltas. Y otra vez la misma certeza: este es el final. Tengo que ir al hospital. No hay tiempo.

Solo para, una vez tumbado en la camilla de urgencias, ver cómo todo se evaporaba de nuevo. Dejándome roto. Y al principio me decía: bueno, ya está. Es lo mismo de la otra vez. Mañana sigo como si nada.

Pero no era así. Nunca era así. Pasaban semanas, meses, y la escena se repetía. No sabes por qué vuelve. No sabes cuándo. Solo sabes que cada momento del día se ha convertido en una sentencia de muerte que tu cerebro pronuncia y luego retira, una y otra vez, sin descanso. Eres un cordero camino al matadero. Un alma encomendada al pelotón de fusilamiento que nunca llega a disparar pero tampoco se marcha.

Tu vida ha menguado hasta esas cuatro paredes que en algún momento te refugiaron y que ahora se sienten como una celda. Y aun así, salir a comprar el pan o ir al trabajo es desafiarlas, cruzar la frontera de un país en guerra.

No tiene que ser el corazón

¿Te suena algo de esto? ¿Resuena en ti?

Quizá tu pánico no es el infarto. Puede que tengas terror a desmayarte en público y que nadie te ayude. A que te trague la tierra mientras hablas en una reunión. Al contagio de un virus invisible. A que alguien eche algo en tu bebida. A volverte loco. A perder el control y hacer algo terrible que nunca harías. A que tu hijo, tu pareja, alguien que amas, no esté bien cuando vuelvas a casa.

Aquí conviene aclarar algo que confunde a mucha gente, incluidas personas cercanas a quien sufre. El pánico y la ansiedad generalizada no son fobias. Una fobia, según la clasificación clínica actual, es puntual: las arañas, los aviones, las alturas. Tiene un objeto claro y, fuera de él, la vida puede transcurrir con bastante normalidad. El trastorno de pánico y la ansiedad generalizada son otra cosa: son capas que se superponen, miedos que se reproducen entre sí, un palimpsesto de hipervigilancia constante de tu propio cuerpo y de tu propia mente.

Y casi siempre acaban en lo mismo: aislamiento social, incomprensión (porque desde fuera nadie entiende cómo puede ser que llores delante del pan), y un cóctel que hace dificilísimo empezar a caminar en dirección contraria.

Si estás ahí

Si has llegado hasta aquí leyendo, y has reconocido alguno de estos paisajes, quiero que sepas una cosa antes de cerrar la pestaña.

No estás loco. No estás roto. No eres débil. Lo que te está pasando tiene un nombre, tiene una explicación y, lo más importante de todo, ¡tiene una salida! No es una salida rápida, no es una pastilla, no es un truco de respiración que viste en un vídeo. Es un sendero. Largo. A veces durísimo. Con agujeros y trampas que te hacen volver momentáneamente a la casilla de salida. Pero existe, y se puede recorrer. Yo lo recorrí. Mucha gente lo ha recorrido antes que nosotros. Y aunque los mapas cambian, las indicaciones a recorrer son muy similares.

Si esto te ha resonado, quédate por aquí. Iremos despacio, en posts cortos, abordando cada pieza del rompecabezas. Y si conoces a alguien que esté en este sitio, comparte. A veces saber que existe un nombre y una salida es lo que necesita una persona para empezar a buscarla.

Un abrazo, sobre todo a quien lo está pasando mal ahora mismo mientras lee esto.

Volver al Blog